Fragmento Deseos de eternidad
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Mauricio presenciaba con terror como el pequeño cuerpo de Adriana se desvanecía al tiempo que la vampira succionaba su sangre, un escalofrío de repulsión lo recorrió cuando observó un delgado hilo de sangre que resbalaba por el cuello de Adriana. Enfurecido y desesperado, intentó levantarse y detener a Kalea; sus piernas fallaron, su cabeza daba vueltas, perdió el equilibrio por el mareo y por un segundo el mundo se tornó negro. Su visión se aclaró y él se encontraba de nuevo en el piso, inmóvil.
La vampira se separó de la herida y lanzó un gutural rugido de placer; sus ojos, inyectados de sangre, brillaban como dos llamas rojas. Se abalanzó de nuevo sobre su presa y jaló con tal ferocidad la cabeza de Adriana al morderla, que escuchó el tronido de su cuello al romperse. Con más calma, se deleitó chupando la sangre que manaba de la joven; el sabor dulce y tibio refrescaba tanto su sed vampírica, como la de su alma; se imaginó que con el dejillo dulzón se empalagaría, mas no era así. Esa sangre era lo más delicioso que había probado, era tan exquisita que le parecía un placer prohibido el beberla. No se detuvo hasta que ingirió la última gota que le quedaba a la joven.
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