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Mi dios, mi diablo

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Tengo a mi propio demonio
que cayó del cielo para seducirme,
un ángel con cuernos
que me ha enamorado.
Mío y sólo mío, íntimo.
Hasta el infierno puede ser privado.
El infierno es estar en el paraíso
de tus brazos.

Vienes a esconderte entre las sombras,
escabulléndote en mi cama.
Con cada una de tus caricias
me haces vibrar hasta la locura,
con tus palabras envenenas mi mente
llenándola con amor y sueños
que son sólo fantasmas
de castillos en ruinas.
Los castillos que juntos
construimos en el pasado.

Me embelesas con tus miradas
en las que brilla una luz divina.
Con tus brazos me arrastras
a la oscuridad en la que ya vivía,
a la oscuridad que compartimos,
a la oscuridad que nos hace uno.

Hay Juan Manuel,
como explicarte que tu nombre
Se transforma en un suspiro
que respiro para mantenerme viva.

Mi demonio, mi dios,
mi ángel perdido
que vino a encontrar
otra alma que buscaba su camino.

Eres la pasión encarnada,
eres la belleza más pura
que mis ojos han contemplado.
Tu piel blanca y suave,
tu rostro deslumbrante y misterioso,
enmarcado con perfectos
rizos castaños.
Me tienes hechizada.

Rembrant hubiera idolatrado tu belleza,
habría plasmado para la eternidad
a un ángel que pisó la tierra
y se evaporó,
dejando sólo cenizas tras él.

Pero lo que yo veo
a través de tus ojos,
negros como la noche,
son secretos que
sólo a mí se me revelan.
Me pierdo en ellos.

A través de tu mente confundida
me dejo envolver
en un torbellino de locura,
de pasión, de ti.

¿Cómo?, ¿cómo decirte...?
Cuando me miras, cuando me hablas.
Cuando sé que en donde esté, existes.
¿Cómo explicarte que
con el simple hecho de verte
un fuego devorador fluye
por mis venas
y al final siempre me
convierto en cenizas?

Tú, mi dios, mi demonio.
Tú: Juan Manuel.
Eres un eterno misterio.

En ti veo el deseo
intenso y puro.
Eres un diablo inocente,
un ángel seductor que
siempre vuelve.

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