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Nubes en el espejo

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Mi reflejo, ¿en dónde está?,
mi mirada tan dura y fría
se incrustaba en el espejo.
Un espejo extraño, nublado, muerto,
convirtiendo en basura cualquier cosa
que se intentara reflejar en él.

Las nubes que se encontraban
en mi mente
hacían que una sustancia
que parecía agua,
se transformara en lágrimas,
en inútil sangre transparente,
ese algo se mezclaba con mi dolor,
dolor inerte con pasiones desmedidas.

Al fondo de una caja,
el espejo refleja
la esterilidad del alma,
un sentimiento inestable
que hace de la soberbia
una virtud
convertida en desilusión.

¿El despertar del sueño?,
no estoy tan segura.
Parece que la histeria
en la que me ahogaba
y el dolor que producía
esa diminuta aguja,
que atraviesa la pasión
y hace sangrar al deseo,
desaparecen.
¿El despertar?, no lo creo.

Increíble prisión de color azul,
amada, deseada, provocativa.
Creadora de motivos
que alimentan un instinto
el cual nunca se cansa
de la sangre,
un instinto malvado,
con tantos deseos de asesinar
que idolatra la pasión
con que el león mata.

La sangre humana,
tan perfecta, tan pura
inunda la prisión
en la que me encuentro,
solía ser azul y estar vacía.
solía ser dura y resistente,
ahora es frágil
como el cascarón de un huevo.

Una muerte imperfecta
que enorgullece al instinto,
que me hace sentirme
enamorada del odio
y de la destrucción
que una mente malvada
planea cuidadosamente.

Se crean pensamientos inhumanos
que alimentan la ira
que recorre las venas,
dejando a su paso
un deseo que suplica por
sentir la sangre tibia
a través de la garganta,
creando un placer insuperable,
calmando la insaciable lujuria
que posee al cuerpo.

Sentimientos, miradas, dolor, pasiones,
conspirando contra ellos mismo.
La maldad hace sonar el silbato
que me despierta del sueño
y hace que la guerra comience.
Una guerra interminable y dolorosa.

Durante la histeria que me rodea,
en un momento de paz
miro mi mano,
en ella encuentro una daga
con mi sangre en su hoja.
En ese momento me invade
una locura incontrolable,
una soledad excitante.

Revive un deseo
que parecía extinguido,
haciendo que la guerra continúe,
volviendo a poner la daga
sobre mis venas,
haciendo de mi mano
mi asesina.

La maldad instintiva
se esconde detrás
se una sonrisa
mientras busca a
su próxima víctima.
Con la hipocresía como arma
destruye mentes inocentes,
destruir, asesinar,
hacerme inmortal.

Una inmortalidad patética, tan inútil,
se odia tanto a si misma
que se vuelve su homicida
y al sentir la culpa de la muerte
regrese a la maldad innata.

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